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Un pájaro carpintero insiste en que solo llama para ver si hay alguien en casa
Durante once mañanas, un pájaro carpintero ha martilleado la caperuza metálica de la chimenea del número cuatro a las seis y diez, y quiere dejar claro que es educado, no ruidoso.
Los vecinos de Orchard Close se despertaron el lunes a las seis y diez con algo que sonaba como un albañil muy pequeño probando un tambor muy grande. Venía de la chimenea del número cuatro. Volvió a sonar el martes y todas las mañanas desde entonces, once mañanas seguidas, siempre hacia las seis y diez, en ráfagas de unos dos segundos, cada una seguida de una pausa lo bastante larga como para que todos creyeran que ya había terminado.
El responsable es un pico picapinos, blanco y negro, con una pulcra mancha roja bajo la cola, que ha elegido la caperuza metálica de la chimenea como su superficie favorita de todo el barrio. Cuando el jueves le pidieron explicaciones, voló a un abedul cercano, observó un buen rato a los vecinos reunidos y leyó un breve comunicado. Los golpes, dijo, no son ruido. Son un saludo. Simplemente está comprobando si hay alguien en casa.
El señor Dalby, del número cuatro, ha señalado que a las seis y diez todo el mundo está en casa y que ahora, además, todo el mundo está despierto. El pájaro carpintero lo acepta. Hace notar, sin embargo, que nadie ha abierto todavía y que, mientras nadie lo haga, tendrá que seguir llamando, como haría cualquier visita educada. Añadió que la caperuza de la chimenea tiene un sonido excelente, mucho mejor que el del abedul, que describió como apagado, y muy superior al del canalón del número seis, que probó una vez y no recomienda.
El viernes se propuso un acuerdo: un tronco hueco sujeto a la valla del jardín. El pájaro carpintero lo inspeccionó con atención, le dio dos golpecitos y volvió a la chimenea, explicando que el tronco era un detalle precioso, pero que sonaba a tronco. El sábado se vio a un segundo pájaro carpintero en el tejado del número nueve, al parecer escuchando. El primero se ha negado a decir si una cosa tiene que ver con la otra, pero sus golpes se han vuelto claramente más fuertes y algo más rápidos.
Detrás de la broma hay algo que los pájaros carpinteros hacen de verdad. El tamborileo de primavera no tiene nada que ver con la comida. Lo usan como otras aves usan el canto: para anunciar que un territorio está ocupado y para llamar la atención de una posible pareja. Lo que importa es hasta dónde llega el sonido, así que eligen lo más resonante que encuentran. En el bosque es una rama seca y hueca. En la ciudad es, con bastante frecuencia, la caperuza metálica de una chimenea, un canalón o una farola, y por eso el tamborileo suele salir, a primera hora de la mañana, del objeto más ruidoso de la calle.
Su cabeza está hecha para ello, con un cráneo robusto y una lengua larga que lo rodea por detrás, y el tamborileo suele calmarse cuando las parejas ya se han formado. Así que, si un pájaro carpintero llama a tu casa al amanecer, no intenta entrar ni intenta molestarte. Le está diciendo a toda la calle, con toda la claridad de la que es capaz, que ahora vive aquí, y espera que lo esté escuchando la persona adecuada.