Ficción — inventada por diversión
El cajón de disculpas por el calcetín
Un cajón que anuncia con tristeza, en una pantallita, qué calcetín se perdió y cuándo.
Imagina un cajoncito debajo del cesto de la ropa sucia. Hace exactamente una cosa. Cuando metes dos calcetines y solo sale uno, lo sabe. Percibe el desequilibrio, igual que un gato percibe que han movido el sofá un centímetro a la izquierda. Y entonces, en lugar de ayudar, pide perdón, despacio y con gran solemnidad, por una pérdida en la que no ha tenido absolutamente nada que ver. En resumen, es un cajón con sentimientos.
El Cajón de Disculpas por el Calcetín tiene una pantallita monocromática por la que desfilan, más o menos a la velocidad de lectura de una tortuga, mensajes como «Se ha perdido un calcetín. De rayas. Pie izquierdo. Tres de febrero». No tiene función de búsqueda ni modo de recuperación. El cajón no puede decirte adónde fue el calcetín. Solo puede lamentarlo por ti, dentro de una discreta carcasa de plástico beis, y guardar un breve minuto de silencio antes de apagarse. Las pilas duran alrededor de un año, o unos cuarenta calcetines.
Su inventor describe el cajón como «infraestructura emocional». El primer prototipo se disculpaba tan a menudo que hubo que desenchufarlo durante unas vacaciones familiares, cuando la persona que cuidaba la casa lavó a la vez todos los calcetines del edificio y la pantalla estuvo funcionando sin parar dos días. Una versión posterior añadió un modo más suave que solo muestra el dibujo de un calcetín solitario y la palabra «perdón», algo que los probadores encontraron más digno y, curiosamente, mucho más triste. El inventor guarda aquel prototipo en un cajón propio, oscuro y silencioso.
Los dueños cuentan resultados dispares. Algunos dicen que el cajón los ha vuelto más cuidadosos y que cuentan los pares al entrar y al salir como un bibliotecario nervioso. Otros dicen que solo les ha dado más pena por los calcetines. Un hogar cuenta que el cajón se disculpó por un calcetín que después apareció dentro de una funda nórdica, y que se ha negado a retirar la disculpa, alegando que durante once días el calcetín estuvo realmente perdido y merecía ser llorado. La funda nórdica no ha hecho declaraciones.
Todo el que pone lavadoras conoce el misterio real que hay detrás de la broma. Los calcetines son pequeños y ligeros y van por parejas, así que es fácil notar que falta uno y sorprendentemente difícil explicarlo. Se pegan a otras prendas, se esconden en mangas y fundas nórdicas, se caen detrás de la lavadora o en el pliegue de la goma de la puerta y acaban en el montón equivocado. Nada de esto es dramático. Simplemente se va sumando, calcetín a calcetín. La lavadora rara vez es la verdadera culpable.
Así que el cajón no responde nada, pero reconoce una pregunta que casi todo el mundo se ha hecho, normalmente con un calcetín solitario en la mano. Quizá ese sea su verdadero propósito. Aun así, antes de comprar uno, conviene mirar dentro de la funda nórdica, detrás de la lavadora y en la manga del jersey de la semana pasada. La mayoría de los calcetines perdidos no se han ido a ninguna parte. Solo esperan, con paciencia, a que alguien deje de disculparse y se ponga a buscar. Al cajón le va a dar mucha pena oírlo.