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Los íbices insisten en que una presa es buen sitio para merendar
El jueves se vio a una manada de íbices de pie sobre una presa de piedra casi vertical en lo alto de la montaña, lamiendo el muro, y un portavoz de la manada ha pedido calma.
Una manada de íbices ha defendido su decisión de pasar la tarde del jueves de pie sobre la pared de una empinada presa de piedra, a cincuenta metros por encima de un valle de montaña, lamiendo el muro. Los animales, once adultos y tres crías, fueron vistos desde un sendero hacia las dos de la tarde. Varios estaban en equilibrio sobre repisas más estrechas que un libro de bolsillo. Uno se rascaba la oreja con una pata trasera en ese momento.
Una excursionista que se detuvo a mirar contó que al principio creyó que los íbices se habían quedado atrapados. Estaba a punto de llamar a alguien cuando un macho joven cruzó el muro en diagonal tan tranquilo, se paró a lamer una piedra especialmente interesante y siguió hasta arriba, donde se tumbó y, al parecer, se quedó dormido. En ese momento, dijo, dejó de preocuparse por los íbices y empezó a preocuparse por sí misma.
Un miembro veterano de la manada, un macho grande con unos cuernos casi tan largos como alto es él, dijo que tanto revuelo era innecesario. La presa, explicó, no es más que un acantilado con mejores minerales. Las piedras tienen una agradable capa salada difícil de encontrar en cualquier otro lugar de la montaña, y la manada lleva años visitándola. Añadió que no entiende por qué los humanos construyen un muro tan delicioso y luego solo lo usan para retener agua.
Las crías, que tienen solo unos meses, siguen a sus madres por el muro desde principios de verano. Cuando se le preguntó si era seguro, una de las madres señaló que su cría subió a la presa antes de ser capaz de subirse con soltura a una roca junto al camino. Describió el camino como mucho más peligroso, por toda esa gente que se para de golpe a hacer fotos.
Se ha pedido a los senderistas de la zona que no griten ánimos, porque desconcentran a la manada, y que tampoco griten advertencias, porque a los íbices les resultan condescendientes. La manada piensa volver mañana. El macho joven que se durmió en lo alto ha pedido que nadie lo despierte antes de las cuatro.
La historia es inventada, pero por muy poco. En los Alpes italianos se ha fotografiado de verdad a íbices alpinos trepando por la pared casi vertical de la presa de Cingino, de pie en repisas diminutas y lamiendo las piedras. Los herbívoros a menudo necesitan más sal y minerales de los que les da su comida, y la superficie de piedra de la presa tiene sales minerales que a los íbices les parecen irresistibles. Las hembras y las crías suelen ser las escaladoras más frecuentes.
Los íbices lo consiguen gracias a unas pezuñas extraordinarias. Cada pezuña está dividida en dos, de modo que las mitades pueden separarse y pinzar un borde, y cada mitad tiene un reborde exterior duro para engancharse a salientes pequeños y una almohadilla inferior más blanda, algo gomosa, que agarra como la suela de un pie de gato. Sumado a un equilibrio magnífico y a toda una vida en laderas empinadas, eso hace que el muro de una presa sea menos difícil de lo que parece. Mirando desde abajo, cuesta no pensar que los íbices tienen razón y que el resto de nosotros simplemente se nos dan mal las paredes.